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Una luz en mi desván

Una luz en mi desván

por Marta Castillo.

A lo largo de mi vida había entrado muchas veces en aquel desván húmedo y oscuro, pero siempre a ciegas, tropezándome con todos esos trastos acumulados durante muchos años. Casi diría que siempre habían estado allí. Al caminar, las tablas del suelo crujían y lo hacía con miedo. Con algunos de aquellos obstáculos me tropezaba una y otra vez, cayéndome y lastimándome siempre en el mismo sitio. Olía a humedad, a cerrado, a aislamiento.

Y entonces, alguien me acercó una vela. Al principio, la luz era tenue, y sólo podía distinguir objetos puntuales al acercarme a ellos. Entre ellos vi un piano, me senté a tocarlo pero lo desdeñé porque estaba viejo y desafinado. Sobre él, un jarrón polvoriento que alguien había intentado pegar después de que se rompiera. Sin saberlo, acerqué la vela a un viejo espejo y vi reflejada en él un personaje con una máscara. Me quedé largo rato observándolo, me resultaba muy familiar, como si siempre hubiera ido conmigo. Seguí desplazándome por el desván. Había enseres de todo tipo. Con aquel poco de luz los crujidos de los tablones del suelo al caminar ya no resultaban tan atemorizantes, y mi paso, muy poco a poco, se hacía más firme.

Después de descubrir muchos más objetos, la relación entre ellos, de ver incluso algunos que no sabía reconocer, choqué con otra pared en la que había unas cortinas mugrientas y pesadas, semejantes a un telón de teatro. Tiré de ellas y fue entonces cuando ante mí se abrió un gran ventanal que iluminó toda la habitación. La luz destapó un mundo caótico y a la vez hermoso. Antes de nada, abrí la ventana para que entrara el aire y renovara el ambiente.

Volví entonces, con esta nueva perspectiva, a moverme por el desván, a tocar todos los objetos, a hacer sonar el piano que seguía sin tolerar por estar desafinado, a bailar frente al espejo con mi máscara y mi postura de personaje. Me familiaricé con todo ello, comencé a desempolvarlo, aunque siempre quedaban y quedan, como en cualquier casa, recovecos a los que es difícil llegar y en los que casi nunca se limpia. Viví todos y cada uno de aquellos trastos: recogí flores que coloqué en el jarrón roto, leí cientos de libros de experiencias y las reviví, me vestí con telas de colores, saboreé caramelos de una lata antigua y oxidada, descubrí aromas diferentes en los distintos rincones, toqué una y otra vez el piano desafinado, encontré un baúl lleno de muchas máscaras diferentes y aprendí a situarme frente al espejo sin la máscara de siempre.

Decidí entonces que algunas de aquellas antigüedades que habían formado parte de mi desván ya no me servían y me deshice de ellas, de algunas de la noche a la mañana y de otras poco a poco y con esfuerzo. Aprendí a amar a aquel piano desafinado, mi piano, y sus notas me parecían cada día más hermosas. Mi música era aquella, y no otra, y como tal la honré. Decidí que aquella raja que atravesaba el antiguo jarrón de arriba a abajo lo embellecía, que aquel no era el jarrón nuevo ahora defectuoso, sino que era otro jarrón, bonito a su manera, con una vida y una historia que formaban parte de él.

Fue entonces cuando me asomé a aquella enorme ventana que había detrás del telón con otros ojos, con otra mirada, con la confianza que me daba hacerlo desde aquel, mi acogedor y amado desván. Desde mí. Entonces fui capaz de apreciar el verdor, la lluvia en mi cara, la calidez de los rayos de sol sobre mis hombros, pude gritar, enfadarme y sonreír.

La Gestalt es esa vela que alumbra mi desván interior y me hace tomar conciencia de mis queridos trastos (mis mecanismos, mis luces, mis sombras, mis experiencias, mi dolor, mis capacidades). Verlos y conocerlos me ayuda a moverme con ellos (a entenderme, a desaprender lo aprendido que ya no me es útil, a aceptar mis vivencias, mis aciertos y mis errores, a elegir en cada momento si quiero ir a cara descubierta o qué máscara saco de mi baúl cuando quiero ponerme alguna) y a salir al mundo que hay al otro lado de la ventana y situarme en el camino del amor y la confianza, que hoy sé que empieza en mi desván.

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